Tradicionalmente, la historia del arte ha presentado al expresionismo abstracto y el arte pop, y por tanto a cada uno de sus más conocidos representantes –Jackson Pollock y Andy Warhol–, como polos opuestos pertenecientes a dos épocas y dos estilos diferenciadas: la abstracción y el arte figurativo. Es más. Pollock se ha narrado como un artista dentro de la genealogía de los grandes creadores, inspirado y original, mientras que para algunos Warhol ha sido un simple apropiacionista de las imágenes y los objetos de consumo. ¿Y si las cosas fueran en realidad otras? ¿Y si hubiera afinidades entre Warhol y Pollock, más allá de la fascinación del primero por el segundo, tantas veces recordada? Después de todo, Pollock era además una celebridad pictórica cuando Warhol llega a escena. Era un artista famoso, además de muerto el año 1956 en un accidente automovilístico moderno e inexplicable, en lo mejor de su carrera, igual que James Dean. Raramente se habla de cómo Pollock y Warhol –y con ellos muchos otros artistas por esos años– transitaron entre el abstraccionismo y la figuración en diferentes momentos de sus carreras. Tampoco nadie parece prestar atención a cómo los regresos en la visualidad nunca regresan al punto de partida ni llegan sin transformaciones. La perspectiva inventada por el Quattrocento italiano –el punto de fuga que gobierna el espacio occidental en el arte figurativo– se reescribe por completo en algunas obras de Pollock y esa subversión de la perspectiva tradicional marca los espacios de Warhol cuando se plantea volver a la figuración hasta cierto punto ambigua, plana, sin punto de fuga claro. Si las abstracciones de Pollock guardan resquicios figurativos, las figuraciones de Warhol quiebran el espacio tradicional –sirva de ejemplo la figura de Elvis, cuando parece flotar sobre un fondo sin fondo–. Tal vez en sus obras Warhol habla del espacio y no solo de los objetos y personajes de consumo. En los últimos años, la historia del arte al uso se ha leído y releído; ha rescatado a los artistas olvidados; a los países con supuestos papeles secundarios o los momentos históricos tiempo atrás desechados por su menor relevancia para la visualidad y su evolución. Ahora ha llegado quizás el momento de romper las categorías que rigen un pensamiento basado en los opuestas que a menudo no son tales. Al final, la historia es un recorrido. Una línea, un hilo de los que persigue Pollock en sus cuadros y que retoma Warhol. Por primera vez en diálogo, Warhol y Pollock –junto a otros grandes artistas norteamericanos– nos invitan a volver a mirar.
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